La violencia de género mata cada año en España a más de cincuenta mujeres

La violencia de género mata cada año en España a más de cincuenta mujeres.

La violencia de género, la forma más diabólica de violencia doméstica, constituye una lacra social siempre olvidada y enmarcada o mejor enmascarada hipócritamente tras de las cortinas de los asuntos privados de cada pareja o, peor aún, en diferencias culturales o religiosas que (a veces se argumenta en una sociedad de estúpida y mal entendida corrección política) debieran ser respetadas confundiendo lo políticamente correcto con lo sencillamente inmoral, socialmente intolerable, moralmente execrable.

Como en casi todos los asuntos que tiene que ver con las personas y los grupos sociales, sus causas son multifactoriales y difíciles de escudriñar. Siendo ciertas estos asertos, casi todo el mundo que ha profundizado en su estudio está de acuerdo en que la base para la solución de estos problemas morales, pero también delictivos, no lo olvidemos, pasa por la educación y ello requiere el emprendizaje de toda una sociedad orientada adecuadamente; ello es lo difícil de conseguir en un mundo con demasiadas prisas y ávido de resultados inmediatos como estos del reciente siglo XXI.

Un aspecto no despreciable del asunto está relacionado con las enrevesadas relaciones de dependencia emocional, pero también de otro tipo, que se establecen entre agresor y víctima, entre ofensor y afectada.

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Ciertamente son importantes las cifras de muertas por violencia de género (73 en 2010, 61 en 2011, 52 en 2012, 54 muertas por esta lacra en el año 2013 y 53 el año pasado 2014 en España), aunque se observe un ligero descenso en los pasados años, que esperemos que permanezca como tendencia. Y el 62.3% de todas ellas a manos de asesinos menores (jóvenes) de 50 años, educados en libertad, 34% de todas las muertas del pasado año 2014 a manos de personas menores de 40 años, que nacieron más allá de 1975, supuestamente ya en democracia y, también supuestamente, con una educación diferente que la recibida en un régimen dictatorial en ausencia de libertades.

Una sola sería una brutal cifra intolerable…., pero más que un frío número, puede ser de interés escuchar, leer con atención el testimonio de una víctima que en pocas líneas nos descubre su alma y los giros de sus emociones tras pasar por el calvario de una vida continua de ofensas y agresiones.

Decía ella y copio textualmente su testimonio: “me enseñaron la vergüenza. Me enseñaron a avergonzarme de mi cuerpo, de mis actos, de mis pensamientos. Me enseñaron que lo que pienso es absurdo, que lo que hago es ridículo, que lo que deseo es sucio.

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Y aprendí a no decir lo que pensaba, por vergüenza de que alguien a mi alrededor pensara algo mejor.

Y aprendí a no hacer lo que me apetecía, por vergüenza de que alguien a mi alrededor creyera que era inoportuno. Y aprendí a no perseguir lo que deseaba, por vergüenza de que alguien a mi alrededor opinara que era inapropiado. No contenta con someterme a la mirada externa, me plegué también a la vergüenza ajena.

Y aprendí a preguntarle a la vergüenza cómo vestirme, no vaya a ser que alguien pensara que voy buscando gustar, destacar. Y aprendí a escuchar a la vergüenza al desnudarme, no vaya a ser que me sintiera cómoda en mi cuerpo, y me acostumbrara a enseñar(me)lo sin miedo. Y aprendí a consultar con la vergüenza antes de abrir la boca, no vaya a ser que dijera sin filtro lo que me pasa por la cabeza, y se enterara la gente.

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Y dejé de bailar, de reír a carcajadas, de rascarme el culo, de preguntar lo que no entiendo, de opinar lo que pienso, de compartir lo que siento, de pedir ayuda, de ponerme faldas, de ir a la playa, de comer o llorar en la calle, de ir sin sujetador, de pintarme, de salir sin pintar, de bajar a la calle despeinada, de usar esa ropa que dicen que no me pega nada, de llamar a quien echo de menos, de tomar la iniciativa, de decir que no, de decir que sí, de quejarme, de vanagloriarme, de estar orgullosa, de admitir que estoy asustada.

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Y, a base de sentirme cada día más avergonzada, entendí que mi vergüenza nunca iba a sentirse saciada. Que toda la vida iba a imponerse entre yo y mi representante impostada. Así que busqué a mi sinvergüenza interna. Y le costó salir un poco, le daba vergüenza. Pero acabó sacándome a bailar, haciéndome dúo al cantar, saliendo conmigo a la calle con la cara sin lavar, animándome a hablar, a ignorar las cosas que me deberían avergonzar…  

Y ahora no tengo tiempo para sentir vergüenza. Estoy ocupada viviendo”

Desgarrador testimonio, pero realista, doloroso pero esperanzador al fin, dramático pero finalmente abierto…., a la esperanza, a la confianza en que con los cambios requeridos desde dentro y con la ayuda prestada desde fuera, es posible la mejora, la independencia moral, la autoestima, porque solo tenemos una vida, porque ella solo tiene una vida…., y nadie tiene el derecho de hacérsela vivir esclavizadamente, nadie tiene el derecho de arrebatarla, nadie debería tener ese poder….